Hoy teníamos el traslado más largo de todo el viaje, recorriendo buena parte de la costa irlandesa, así que teníamos que empezar pronto. Desayuno y en marcha hacia el aeropuerto de Belfast.
No, no es que fuéramos a viajar en avión. Resulta que uno de los faros de nuestro coche no funcionaba (por suerte, el propio coche nos avisó de ello), así que el día anterior fuimos a las oficinas del alquiler en Belfast. Allí nos dijeron que ellos no podían arreglarnos el problema, pero en las del aeropuerto, si nos iba bien, sí; y, en efecto, nos pillaba de paso.
La carretera era bastante bonita, yo iba disfrutando del viaje, y entonces a Ester se le ocurrió que no tenía mucha pinta de carretera al aeropuerto. Pues ahora que lo dices... pero no, falsa alarma. Era la carretera correcta. En el alquiler pensábamos que cambiarían el faro y listo, pero nos dijeron que no, que preferían revisar el coche, por si acaso, y nos daban otro. Lo malo es que tardaron mucho en preparar el nuevo, así que empezamos a ir con retraso hacia nuestro siguiente destino: la calzada de los gigantes. Además, en la carretera encontramos bastantes obras, así que debíamos ir más despacio. A veces, sin motivo aparente: en una carretera de doble carril limitada a 70, todos los coches iban a 50 mph, así que nosotros también, por si acaso. Hasta que llegó uno que empezó a adelantar y nosotros fuimos detrás. Y llegamos a pasar al primer coche de toda la fila.
- ¡Ay, madre, si es un cortejo fúnebre!
Decidimos que a partir de entonces iríamos a la velocidad que marcaran las señales y listo.
Llegamos a la calzada de los gigantes a las 11:30, hora y media después de que abrieran. Pero bueno, aún teníamos mucho día por delante. Entramos en el centro de visitantes y vimos que había cinco opciones: un autobús hasta la calzada propiamente dicha y cuatro senderos, marcados por colores verde (fácil), azul (moderado), rojo (difícil) y amarillo (exigente). Solo el azul y el rojo llevan a la calzada. Nuestro consejo, sin duda, es que hagáis el rojo. No es difícil, en realidad, aunque hay un lugar donde se deben subir 162 escalones que están en muy buen estado. O aún mejor, haced el rojo al revés, empezando por arriba; así se bajan los escalones en vez de subirlos. En cualquier caso, llegad hasta el final del rojo (donde el sendero está cortado por un desprendimiento), vale la pena.
La calzada en sí es más pequeña de lo que puede pensarse. Al menos a nosotros dos nos lo pareció, tal vez porque estaba lloviendo y no quisimos subirnos a las piedras a hacer el cabra, porque resbalan. Pero toda la zona es preciosa y las columnas de basalto están por todas partes. Os recomendamos el sendero rojo porque, por un lado, se llega a una zona preciosa al final del sendero y, por otro, desde el sendero de vuelta (al que se llega subiendo los 162 escalones) hay unas vistas tremendas. Puedes ver toda la costa norirlandesa hasta la república y al norte, a lo lejos, la costa escocesa. En total nuestro recorrido duró un par de horas con muchas paradas.
Luego comimos algo en el bar del centro de visitantes, que no es demasiado caro para ese país, y nos fuimos. Aunque hicimos una parada en seguida, en el cercano castillo de Dunluce. La entrada vale £5, pero no creo que valga la pena pagarlas porque, sobre todo, es bonito desde fuera. Nosotros estuvimos un rato en el prado cercano, nada más.
Y ya en marcha hasta nuestro destino final del día: Galway. Nos esperaban más de cinco horas de camino. El dueño del restaurante del día anterior nos recomendó que fuéramos por la carretera costera hasta Londonderry (los irlandeses no unionistas la llaman Derry, a secas) porque es muy bonita y le hicimos caso. Bueno, no todo el camino; como veíamos que se nos iba a hacer muy tarde, en un momento dado ya cogimos la carretera que marcaba el GPS, que resultó ser otra ruta escénica hasta la frontera. De esas carreteras en las que a ratos parece que los árboles se te van a echar encima. Todo precioso y, además, igual de agradable para el conductor que para el copiloto, porque no hace falta mirar a los lados.
Hicimos un par de paradas por el camino. Una en un bar de la frontera a tomar un té y gastar nuestros peniques en un par de chocolatinas y un par de horas después, a cenar. O a intentarlo. El día de Viernes Santo en Irlanda cierra todo, incluso (glups) los pubs. Por suerte, los restaurantes étnicos no entienden de fiestas cristianas, así que pudimos cenar en un indio que había en un pueblo por el camino. Bueno, no indio, sino pakistaní. Pero nos dio muy bien de cenar y de conversar; creo que el dueño no veía muchos turistas y tuvimos una charla muy agradable con él.
Luego, por el camino, comprobamos oyendo la radio que el acento de la zona era terrible. Y solo entendía cuando nombraban a algún cantante. Luego nos dimos cuenta de que eso sí era gaélico. Connacht, la provincia occidental de la isla, es la zona donde más se habla el gaélico y hay muchas emisoras en ese idioma.
Finalmente, llegamos a Galway sobre las once de la noche, aunque ya habíamos comprobado que nuestro B&B permitía llegar hasta las doce. Nos salió a esperar el señor Paddy, muy agradable él, diciéndonos que estaban un poco preocupados porque habíamos pedido check-in temprano y no llegábamos. Le explicamos que no, en absoluto; teníamos idea de llegar tarde desde el principio. En fin, se deshizo el entuerto, nos acompañó a la habitación (Ester agradeció mucho que le subiera la maleta, porque iba ya muy cansada) y a dormir. Pena que nos vamos a quedar sin ver Galway, mañana os cuento por qué.



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