Nuestro plan inicial para el domingo consistía en pasar el día en el parque nacional de Wicklow, que ocupa gran parte del condado del mismo nombre, y especialmente la zona de Glendalough. Aunque nuestro plan se vio un tanto alterado, como veréis.
Nos levantamos a las 8:15 para desayunar a las nueve, tal como habíamos dicho la noche anterior a nuestro anfitrión. Ya que no os lo había dicho, nuestra habitación era enorme; tenía una cama de matrimonio, dos individuales y espacio libre como para poner una pista de tenis. Vale, tal vez no tanto, pero una de tenis de mesa yo creo que sí habría cabido, con espacio para los jugadores y todo. Las cosas funcionaban, el señor era majo... mira, vamos a desayunar y decidimos si nos quedamos una noche más.
El desayuno acabó de convencernos. El mejor que habíamos tomado en un alojamiento y tal vez en todo el viaje. Así que preguntamos si podíamos quedarnos otra noche; sí, pero teníamos que cambiarnos de habitación, porque llegaba una familia que necesitaba la grande. Al acabar el desayuno, el Sr. Paddy agarró nuestras dos maletas y ágilmente las subió hasta el piso superior, donde nuestra habitación ya no era tan enorme, pero seguía siendo muy hermosa y tenía mejores vistas.
Tened en cuenta que estos B&B rurales suelen estar regentados por personas mayores que se han quedado con una casa muy grande una vez sus hijos se han ido de ella; ese había sido el caso en Galway y también aquí. En nuestra primera habitación había fotos de la boda del abuelo de nuestro anfitrión y en el comedor, montones de fotos de hijos y nietos. Así que nos sorprendió un tanto su vitalidad y fortaleza.
Bueno, el caso es que seguíamos teniendo tiempo irlandés: frío, lluvia, viento... no parecía lo mejor para ir con el monte, sobre todo con el cansancio acumulado de los días anteriores. De todos modos, fuimos hacia Glendalough. Conduciendo yo, porque Ester se quejaba de que no le gustaba nada ir por esas carreteras estrechas, sobre todo teniendo que conducir por la izquierda. De todos modos, más tarde decidiría que prefería llevar el coche ella porque yo iba "a 80 por hora en carreteras de 80". Con esto quería decir que los límites de velocidad son bastante generosos en la isla. Hay carreteras marcadas a 100 en las que a duras penas puedes ir a 50. Y si marcan 80, ya son poco más que una pista. Supongo que yo me había acostumbrado más a estas carreteras cuando estuve en Escocia hace un par de años, pero a ella no le gustara que fuéramos tan deprisa por ellas.
Bien, llegamos a Glendalough y, desde luego, es un sitio muy bonito. Hay unas ruinas de un monasterio de la Alta Edad Media en medio de un bosque, justo en el límite del parque nacional. Con su cementerio anexo, naturalmente; cementerio que sigue en uso en la actualidad, como todos los que habíamos visto hasta ahora en Monasterboice, Inis Mór y algún otro sitio.
Como os contaba, hacía bastante mal tiempo (el típico de la primavera irlandesa, para quienes la conozcáis), pero aun así decidimos ir a andar un poco por el parque. Miramos unos carteles con senderos propuestos y decidimos que no estábamos para muchos trotes (yo empezaba a notar síntomas de haberme resfriado con las mojadinas de los días anteriores), así que mejor cogíamos uno fácil. Que lo había y nos llevaba a dos lagos cercanos bastante bonitos. Uno de ellos recibe el nombre popular de Lago Guiness porque sus aguas son bastante oscuras y, cuando están agitadas, hacen espuma sobre las orillas, así que parece lleno de cerveza negra. Pero cuando estuvimos nosotros el viento se había parado un poco, afortunadamente.
Acabamos de dar la vuelta a los lagos y, en vista de que no estábamos para mucho monte, decidimos echar mano de nuestro plan B para el día: Kilkenny.
Kilkenny es una ciudad situada a unos 100 km al sudoeste de Dublín. Ojo, que cuando digo ciudad no debéis esperar una metrópolis: en Irlanda solo Dublín y Cork superan los 100 000 habitantes. Kilkenny tiene unos 25 000, nada más. Pero es un lugar con bastante historia y nos apetecía verlo.
Al llegar a la ciudad, huy, qué pasa aquí, qué hace aquí este montón de coches aparcados en la carretera de entrada. Resulta que ese día se jugaba una de las semifinales de la liga de hurling, entre el Tipperary y el Wexford, así que había ambientazo con un montón de aficionados de esos dos equipos que habían llegado. Ignoro por qué se jugaba el partido en Kilkenny, cuyo equipo (uno de los mejores de Irlanda) había caído en cuartos, precisamente ante el Wexford. Para que os hagáis una idea de la popularidad del hurling, Nowlan Park, el campo de Kilkenny, tiene una capacidad superior a la población de la ciudad. Y no hablemos de Semple Stadium, el terreno de juego habitual del Tipperary, con capacidad para 53 000 espectadores en una localidad (Thurles) que no llega a 8 000 habitantes. Bueno, el hurling y el futbol gaélico, porque estos dos deportes suelen compartir instalaciones.
Por suerte, el partido empezaba poco después de nuestra llegada, así que no tuvimos demasiadas aglomeraciones una vez en la ciudad. Todo el mundo estaba viendo el partido. Por si tenéis curiosidad, Tipperary apalizó a Wexford y jugarán la final contra Galway.
En fin, nosotros a lo nuestro. Aparcamos cerca del castillo de Kilkenny y fuimos a visitarlo. Yo había oído hablar de él, pero no sabía qué esperar. Y, desde luego, no esperaba que estuviera en pleno centro de la ciudad, ni tan bien conservado. Ocurre que el castillo, aunque se empezó a construir a finales del siglo XII, luego se utilizó como palacio de una familia, la familia Butler (marqueses de Ormond) hasta bien entrado el siglo XX, así que hicieron muchas reformas y ampliaciones a lo largo de los años. Luego se deterioró bastante, pero recientemente se transfirió el castillo al estado y se ha restaurado y, en algunos casos, reconstruido hasta su estado actual, que es excelente. Eso sí: pese a su nombre, ya os digo que es, ante todo, un palacio.
Y, si lo tomas como tal, es muy bonito. Estuvimos recorriéndolo a nuestro aire durante cosa de hora y media o dos horas. Por cierto, las audioguías, al igual que pasaba en los acantilados de Moher, no son físicas, sino que te las puedes descargar al móvil; pero, también al igual que pasaba en los acantilados, la wifi es bastante mala. Si pensáis ir a uno de esos sitios, puede ser buena idea que llevéis las guías descargadas desde casa. En mi caso no tenía demasiado problema porque tengo cobertura de móvil por toda Europa, pero Ester no podía bajarse las suyas.
Después de la visita al castillo queríamos dar una vuelta por la llamada milla medieval de Kilkenny. Es una zona peatonal bastante bonita, con edificios interesantes y que lleva, entre otros sitios, a la catedral. A la que quisimos entrar, pero no pudimos porque en ese momento había misa (recordad que era domingo). En fin, recorrimos un poco la zona y tuvimos que decidirnos entre cenar allí mismo o, como era nuestra idea inicial, irnos a Hollywood. Y nos fuimos a Hollywood.
Que sí, de verdad. Mirad la foto que hice:
Resulta que hay un pueblo cercano a Dunlevin llamado así, Hollywood, y el señor de nuestra casa nos había recomendado un pub del lugar, el Hollywood Inn, para cenar. Los cachondos del pueblo incluso han puesto un cartel en una de las colinas parecido al que hay en el Hollywood de Los Ángeles. Por si no lo sabéis, holly significa acebo en inglés, y ciertamente vimos mucho acebo por esa zona.
Y si os preguntáis que quieren decir las letras GAA del cartel, significa Gaelic Athletic Association; todos los clubes de deportes gaélicos, o casi todos, tienen esas siglas al final de su nombre. Los deportes gaélicos son, principalmente, el fútbol gaélico (una especie de mezcla de fútbol y rugby), el hurling (una especie de hockey aéreo y más bruto), el camogie (versión femenina del hurling, con ligeras variaciones en las reglas), la pelota irlandesa (no muy distinta de la pelota vasca) y el rounders (parecido al béisbol y, sobre todo, al sóftbol), siendo los dos primeros los más populares en Irlanda con diferencia. No solo entre los deportes gaélicos, sino en general. Aunque el fútbol y el rugby también son muy populares, sobre todo en las grandes ciudades, el fútbol gaélico y el hurling son los deportes que más gente arrastran en la isla. Cuando oíamos las noticias deportivas en la radio nos llamaba la atención que eran realmente noticias deportivas; es decir, de muchos deportes y no solo de fútbol como en España. Como ya os dije, hay mucha afición al golf y también a las carreras de caballos. Cerca de Dunlavin está el principal hipódromo de Irlanda, el Curragh de Kildare, y veíamos muchos criaderos de caballos por la zona. Cada vez que veíamos algún cartel del Curragh me acordaba de una canción con ese título que aprendí hace muchos años (el hipódromo toma su nombre del de la zona); como no me la quitaba de la cocorota, os la dejo aquí:
Bien, a lo que íbamos. Pese a que cogimos la salida del partido, no tuvimos demasiado problema para irnos de Kilkenny y llegar a Hollywood. Un pueblo que nos dejó un tanto confusos, no ya por el nombre, sino por unas señales de tráfico muy raras que veíamos en las que parecía que te avisaban de que había gente dedicándose a atropellar peatones y, sobre todo, un cartel que decía definitely no shooting. No sabemos qué costumbres tienen los lugareños. En cualquier caso, los que nos atendieron en el pub eran bastante amables.
Lo malo de comer fuera de nuestro pueblo era que luego teníamos que conducir, así que nada de alcohol. Vale, yo me tomé una pinta, pero Ester nada (ella condujo el trocito hasta casa). Nos habría gustado tomarnos alguna en el pub local, ya que era nuestra última noche en Irlanda. Lo malo es que no existía tal pub local. Ya, la vergüenza de Irlanda. Tienen una tienda de banjos y no un pub. Es lo único que no nos gustó de Dunlavin. Así que nos fuimos a dormir, que tampoco nos venía mal.
Al día siguiente, ay, teníamos que volver a casa. Nuestro último desayuno irlandés, donde supimos que nuestra antigua habitación la había cogido una familia española que bajó poco después. Y en marcha hacia el aeropuerto sin demasiados incidentes. Solo alguna anécdota tonta.
- Chico, mi teléfono está tonto. Dice que son las 22:38.
- Qué raro. Eso no tiene nada que ver con la hora real.
- Ya te digo... Ay, espera, que estoy mirando la captura de pantalla que hice anoche con la tarjeta de embarque...
Por cierto, un poco de información útil para el viajero: la autopista de circunvalación de Dublín (M50) tiene peaje en la sombra. Simplemente, pasas sin parar por debajo de unos carteles iguales que los indicadores de dirección normales de las autopistas, pero morados. Ahí unas cámaras registran tu matrícula y tienes hasta el día siguiente a las 20h para pagar a través de su página de internet (también puedes pagar en mano en algunos sitios, pero no sé dónde). También puedes pagar por adelantado, si lo prefieres (es lo que hicimos nosotros). Pero, si no pagas, multa. Al devolver el coche vimos también unos carteles que nos recordaban que, si habíamos pasado por la M50, teníamos que pagar el peaje, cosa que sabíamos porque nos habían dado un folleto informativo al alquilarlo. Pero oye, mejor ir avisados, que no siempre se mira todo lo que te dan.
En total hicimos 1370 km, contando los dos coches, la mayoría de ellos por carreteras bastante estrechas. 800 de ellos entre los días 14 y 15; quitando esos dos días, no ha sido un viaje de mucho coche.
El viaje de vuelta en el avión tampoco tuvo mucho que contar. De nuevo con escala en Amsterdam, esta vez bastante corta. Bueno, en el primer avión viajábamos con unos chavales españoles de esos que no hacían más que quejarse de todo para que se viera que eran muy listos y que a ellos no se les engañaba fácilmente. Sí, españoles vimos a patadas durante todo el viaje. Casi hemos oído hablar más español que inglés. Bueno, qué os voy a contar que no sepáis si habéis viajado un poco, ¿verdad?
Nos levantamos a las 8:15 para desayunar a las nueve, tal como habíamos dicho la noche anterior a nuestro anfitrión. Ya que no os lo había dicho, nuestra habitación era enorme; tenía una cama de matrimonio, dos individuales y espacio libre como para poner una pista de tenis. Vale, tal vez no tanto, pero una de tenis de mesa yo creo que sí habría cabido, con espacio para los jugadores y todo. Las cosas funcionaban, el señor era majo... mira, vamos a desayunar y decidimos si nos quedamos una noche más.
El desayuno acabó de convencernos. El mejor que habíamos tomado en un alojamiento y tal vez en todo el viaje. Así que preguntamos si podíamos quedarnos otra noche; sí, pero teníamos que cambiarnos de habitación, porque llegaba una familia que necesitaba la grande. Al acabar el desayuno, el Sr. Paddy agarró nuestras dos maletas y ágilmente las subió hasta el piso superior, donde nuestra habitación ya no era tan enorme, pero seguía siendo muy hermosa y tenía mejores vistas.
Tened en cuenta que estos B&B rurales suelen estar regentados por personas mayores que se han quedado con una casa muy grande una vez sus hijos se han ido de ella; ese había sido el caso en Galway y también aquí. En nuestra primera habitación había fotos de la boda del abuelo de nuestro anfitrión y en el comedor, montones de fotos de hijos y nietos. Así que nos sorprendió un tanto su vitalidad y fortaleza.
Bueno, el caso es que seguíamos teniendo tiempo irlandés: frío, lluvia, viento... no parecía lo mejor para ir con el monte, sobre todo con el cansancio acumulado de los días anteriores. De todos modos, fuimos hacia Glendalough. Conduciendo yo, porque Ester se quejaba de que no le gustaba nada ir por esas carreteras estrechas, sobre todo teniendo que conducir por la izquierda. De todos modos, más tarde decidiría que prefería llevar el coche ella porque yo iba "a 80 por hora en carreteras de 80". Con esto quería decir que los límites de velocidad son bastante generosos en la isla. Hay carreteras marcadas a 100 en las que a duras penas puedes ir a 50. Y si marcan 80, ya son poco más que una pista. Supongo que yo me había acostumbrado más a estas carreteras cuando estuve en Escocia hace un par de años, pero a ella no le gustara que fuéramos tan deprisa por ellas.
Bien, llegamos a Glendalough y, desde luego, es un sitio muy bonito. Hay unas ruinas de un monasterio de la Alta Edad Media en medio de un bosque, justo en el límite del parque nacional. Con su cementerio anexo, naturalmente; cementerio que sigue en uso en la actualidad, como todos los que habíamos visto hasta ahora en Monasterboice, Inis Mór y algún otro sitio.
Como os contaba, hacía bastante mal tiempo (el típico de la primavera irlandesa, para quienes la conozcáis), pero aun así decidimos ir a andar un poco por el parque. Miramos unos carteles con senderos propuestos y decidimos que no estábamos para muchos trotes (yo empezaba a notar síntomas de haberme resfriado con las mojadinas de los días anteriores), así que mejor cogíamos uno fácil. Que lo había y nos llevaba a dos lagos cercanos bastante bonitos. Uno de ellos recibe el nombre popular de Lago Guiness porque sus aguas son bastante oscuras y, cuando están agitadas, hacen espuma sobre las orillas, así que parece lleno de cerveza negra. Pero cuando estuvimos nosotros el viento se había parado un poco, afortunadamente.
Acabamos de dar la vuelta a los lagos y, en vista de que no estábamos para mucho monte, decidimos echar mano de nuestro plan B para el día: Kilkenny.
Kilkenny es una ciudad situada a unos 100 km al sudoeste de Dublín. Ojo, que cuando digo ciudad no debéis esperar una metrópolis: en Irlanda solo Dublín y Cork superan los 100 000 habitantes. Kilkenny tiene unos 25 000, nada más. Pero es un lugar con bastante historia y nos apetecía verlo.
Al llegar a la ciudad, huy, qué pasa aquí, qué hace aquí este montón de coches aparcados en la carretera de entrada. Resulta que ese día se jugaba una de las semifinales de la liga de hurling, entre el Tipperary y el Wexford, así que había ambientazo con un montón de aficionados de esos dos equipos que habían llegado. Ignoro por qué se jugaba el partido en Kilkenny, cuyo equipo (uno de los mejores de Irlanda) había caído en cuartos, precisamente ante el Wexford. Para que os hagáis una idea de la popularidad del hurling, Nowlan Park, el campo de Kilkenny, tiene una capacidad superior a la población de la ciudad. Y no hablemos de Semple Stadium, el terreno de juego habitual del Tipperary, con capacidad para 53 000 espectadores en una localidad (Thurles) que no llega a 8 000 habitantes. Bueno, el hurling y el futbol gaélico, porque estos dos deportes suelen compartir instalaciones.
Por suerte, el partido empezaba poco después de nuestra llegada, así que no tuvimos demasiadas aglomeraciones una vez en la ciudad. Todo el mundo estaba viendo el partido. Por si tenéis curiosidad, Tipperary apalizó a Wexford y jugarán la final contra Galway.
En fin, nosotros a lo nuestro. Aparcamos cerca del castillo de Kilkenny y fuimos a visitarlo. Yo había oído hablar de él, pero no sabía qué esperar. Y, desde luego, no esperaba que estuviera en pleno centro de la ciudad, ni tan bien conservado. Ocurre que el castillo, aunque se empezó a construir a finales del siglo XII, luego se utilizó como palacio de una familia, la familia Butler (marqueses de Ormond) hasta bien entrado el siglo XX, así que hicieron muchas reformas y ampliaciones a lo largo de los años. Luego se deterioró bastante, pero recientemente se transfirió el castillo al estado y se ha restaurado y, en algunos casos, reconstruido hasta su estado actual, que es excelente. Eso sí: pese a su nombre, ya os digo que es, ante todo, un palacio.
Y, si lo tomas como tal, es muy bonito. Estuvimos recorriéndolo a nuestro aire durante cosa de hora y media o dos horas. Por cierto, las audioguías, al igual que pasaba en los acantilados de Moher, no son físicas, sino que te las puedes descargar al móvil; pero, también al igual que pasaba en los acantilados, la wifi es bastante mala. Si pensáis ir a uno de esos sitios, puede ser buena idea que llevéis las guías descargadas desde casa. En mi caso no tenía demasiado problema porque tengo cobertura de móvil por toda Europa, pero Ester no podía bajarse las suyas.
Después de la visita al castillo queríamos dar una vuelta por la llamada milla medieval de Kilkenny. Es una zona peatonal bastante bonita, con edificios interesantes y que lleva, entre otros sitios, a la catedral. A la que quisimos entrar, pero no pudimos porque en ese momento había misa (recordad que era domingo). En fin, recorrimos un poco la zona y tuvimos que decidirnos entre cenar allí mismo o, como era nuestra idea inicial, irnos a Hollywood. Y nos fuimos a Hollywood.
Que sí, de verdad. Mirad la foto que hice:
Resulta que hay un pueblo cercano a Dunlevin llamado así, Hollywood, y el señor de nuestra casa nos había recomendado un pub del lugar, el Hollywood Inn, para cenar. Los cachondos del pueblo incluso han puesto un cartel en una de las colinas parecido al que hay en el Hollywood de Los Ángeles. Por si no lo sabéis, holly significa acebo en inglés, y ciertamente vimos mucho acebo por esa zona.
Y si os preguntáis que quieren decir las letras GAA del cartel, significa Gaelic Athletic Association; todos los clubes de deportes gaélicos, o casi todos, tienen esas siglas al final de su nombre. Los deportes gaélicos son, principalmente, el fútbol gaélico (una especie de mezcla de fútbol y rugby), el hurling (una especie de hockey aéreo y más bruto), el camogie (versión femenina del hurling, con ligeras variaciones en las reglas), la pelota irlandesa (no muy distinta de la pelota vasca) y el rounders (parecido al béisbol y, sobre todo, al sóftbol), siendo los dos primeros los más populares en Irlanda con diferencia. No solo entre los deportes gaélicos, sino en general. Aunque el fútbol y el rugby también son muy populares, sobre todo en las grandes ciudades, el fútbol gaélico y el hurling son los deportes que más gente arrastran en la isla. Cuando oíamos las noticias deportivas en la radio nos llamaba la atención que eran realmente noticias deportivas; es decir, de muchos deportes y no solo de fútbol como en España. Como ya os dije, hay mucha afición al golf y también a las carreras de caballos. Cerca de Dunlavin está el principal hipódromo de Irlanda, el Curragh de Kildare, y veíamos muchos criaderos de caballos por la zona. Cada vez que veíamos algún cartel del Curragh me acordaba de una canción con ese título que aprendí hace muchos años (el hipódromo toma su nombre del de la zona); como no me la quitaba de la cocorota, os la dejo aquí:
Bien, a lo que íbamos. Pese a que cogimos la salida del partido, no tuvimos demasiado problema para irnos de Kilkenny y llegar a Hollywood. Un pueblo que nos dejó un tanto confusos, no ya por el nombre, sino por unas señales de tráfico muy raras que veíamos en las que parecía que te avisaban de que había gente dedicándose a atropellar peatones y, sobre todo, un cartel que decía definitely no shooting. No sabemos qué costumbres tienen los lugareños. En cualquier caso, los que nos atendieron en el pub eran bastante amables.
Lo malo de comer fuera de nuestro pueblo era que luego teníamos que conducir, así que nada de alcohol. Vale, yo me tomé una pinta, pero Ester nada (ella condujo el trocito hasta casa). Nos habría gustado tomarnos alguna en el pub local, ya que era nuestra última noche en Irlanda. Lo malo es que no existía tal pub local. Ya, la vergüenza de Irlanda. Tienen una tienda de banjos y no un pub. Es lo único que no nos gustó de Dunlavin. Así que nos fuimos a dormir, que tampoco nos venía mal.
Al día siguiente, ay, teníamos que volver a casa. Nuestro último desayuno irlandés, donde supimos que nuestra antigua habitación la había cogido una familia española que bajó poco después. Y en marcha hacia el aeropuerto sin demasiados incidentes. Solo alguna anécdota tonta.
- Chico, mi teléfono está tonto. Dice que son las 22:38.
- Qué raro. Eso no tiene nada que ver con la hora real.
- Ya te digo... Ay, espera, que estoy mirando la captura de pantalla que hice anoche con la tarjeta de embarque...
Por cierto, un poco de información útil para el viajero: la autopista de circunvalación de Dublín (M50) tiene peaje en la sombra. Simplemente, pasas sin parar por debajo de unos carteles iguales que los indicadores de dirección normales de las autopistas, pero morados. Ahí unas cámaras registran tu matrícula y tienes hasta el día siguiente a las 20h para pagar a través de su página de internet (también puedes pagar en mano en algunos sitios, pero no sé dónde). También puedes pagar por adelantado, si lo prefieres (es lo que hicimos nosotros). Pero, si no pagas, multa. Al devolver el coche vimos también unos carteles que nos recordaban que, si habíamos pasado por la M50, teníamos que pagar el peaje, cosa que sabíamos porque nos habían dado un folleto informativo al alquilarlo. Pero oye, mejor ir avisados, que no siempre se mira todo lo que te dan.
En total hicimos 1370 km, contando los dos coches, la mayoría de ellos por carreteras bastante estrechas. 800 de ellos entre los días 14 y 15; quitando esos dos días, no ha sido un viaje de mucho coche.
El viaje de vuelta en el avión tampoco tuvo mucho que contar. De nuevo con escala en Amsterdam, esta vez bastante corta. Bueno, en el primer avión viajábamos con unos chavales españoles de esos que no hacían más que quejarse de todo para que se viera que eran muy listos y que a ellos no se les engañaba fácilmente. Sí, españoles vimos a patadas durante todo el viaje. Casi hemos oído hablar más español que inglés. Bueno, qué os voy a contar que no sepáis si habéis viajado un poco, ¿verdad?
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