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15/04 Aran y Moher

Nuestro plan para hoy consistía en coger un ferry e ir a pasar el día a las islas Aran, un archipiélago a la salida de la bahía de Galway. Teníamos los billetes ya cogidos desde Madrid para evitar problemas. Pero no habíamos contado con uno: de Galway a Doolin, donde cogeriamos el ferry, hay unos 75 km, pero todo carretera de quinta categoría. Nuestro TomTom y Google estaban de acuerdo en que necesitábamos hora y media para llegar. Teniendo en cuenta que debíamos llegar veinte minutos antes de la salida del ferry, eso significaba salir poco después de las ocho, la hora a la que empezaban a servir el desayuno. Iba a ir todo un poco justo.

Esta vez sí que nos hemos levantado cuando ha sonado el despertador, a las siete menos cinco. Bueno, que ha sonado lo sabia yo; Ester estaba totalmente frita. De hecho, se acaba de enterar de que ha sonado el despertador porque está mirando por encima de mi hombro lo que escribo. Se creía que se había despertado ella solita. En fin, después de vestirme he bajado al coche un momento y me he encontrado al Sr. Paddy, quien me ha dicho que podíamos bajar a desayunar cuando quisiéramos. Pues qué bien, podremos desayunar como las personas, y todo. Y también me ha informado de que estaba subiendo por la escalera equivocada y allí solo me iba a encontrar a su señora. Ups.

En fin, he ido a la escalera correcta, he informado a Ester de que he estado a punto de cambiarla por la Sra. Molly y hemos bajado a desayunar. Nuestros anfitriones seguían siendo encantadores, qué pena que no hayamos podido pasar más rato con ellos. Si vais a Galway, se llama Deacys B&B.

En fin, se nos ha hecho un poquito tarde con el desayuno y, al subir al coche, nuestro TomTom nos ha informado de que llegaríamos a Doolin a las 9:55. Habrá que intentar recuperar un poco. Y así hemos ido todo el cambio, con Ester al volante y yo informándole de cada minuto que se adelantaba nuestra hora de llegada. Pero recortar era realmente difícil porque la carretera es muy estrecha y tampoco queríamos morir antes de hora. Pero aun así hemos llegado a las 9:49. Entre que nos han dado los billetes (solo llevábamos la reserva), hemos bajado hasta el embarcadero, he buscado un parquímetro que funcionara (sin éxito; todos estropeados)... en fin, que aun así hemos subido al ferry con varios minutos de adelanto sobre la hora de partida. En concreto, con dos minutos de adelanto. ¡Prueba conseguida!

Y luego los cinco minutos de retraso para que sepamos que esto es Irlanda y no Inglaterra, claro.

El ferry era un barco pequeñito, con capacidad para solo algunas decenas de personas.

- ¿Vamos cobardemente en la parte de abajo o valientemente en la de arriba?
- ¡Valientemente en la de arriba!

La cubierta de arriba no es para los pasajeros. Está bien, iremos valientemente en la cubierta exterior en vez de ir cobardemente sentados en las butacas interiores. Por cierto, elegimos esta compañía de ferris porque sus barcos eran modernos; si es así, los de las otras empresas deben de sacarlos del museo cada vez que vayan a navegar. Pero el viaje es entretenido. Eso sí: con viento y agua. Esta vez no por la lluvia, sino por las salpicaduras del mar. Aun así seguimos sentados junto a la borda del barco porque hay muy buenas vistas de los acantilados de Moher y las propias islas a medida que las vamos pasando.

Las islas Aran son tres: Inis Oírr, Inis Meáin e Inis Mór, por orden de proximidad a la costa (e inverso de tamaño). Nosotros íbamos hasta la más lejana y mayor, Inis Mòr. Las islas tienen hoy día poco más de mil habitantes en total que viven, sobre todo, del turismo, aunque tradicionalmente su economía se basaba en la ganadería y la pesca. Lo bueno que tiene el turismo es que es una industria sostenible, de modo que la población tiene aliciente para permanecer en las islas. Tienen su escuela e instituto con bastantes niños. El turismo también hace que todos los habitantes hablen bien inglés pese a que entre ellos sigan usando el gaélico.

Al llegar a la isla nos dejamos convencer por el primer guía que se nos acercó con su minibús ofreciendo una visita guiada. Nos enseñó un mapa de la isla con los sitios a que nos iba a llevar y parecía un buen recorrido. Y lo fue, creo que hicimos buena elección.

El Sr. Paddy nos iba dando explicaciones de todos los sitios por los que pasábamos; la mayoría, lugares bastante simples de su vida diaria. Una pequeña fábrica, una escuela... así hasta llegar a nuestra primera parada, Dún Aonghasa. Allí nos dejó un par de horas para que lo visitáramos a nuestro aire. Nos sobró tiempo, pero principalmente porque hacía frío y llovía, así que no nos apetecía andar demasiado por allí.

Dún Aonghasa es un castro construido sobre un acantilado bastante impresionante, puede haber unos cien metros de caída hasta el mar. Data de la Edad de Bronce y consiste en una estructura central construida junto al acantilado, sin muro por ese lado para poder ver bien si se acercaba algún barco, y luego círculos concéntricos de murallas. Se usó durante miles de años.

Por el otro lado resulta un pelín más alto

Cuando bajamos le dio al sol por salir y al viento por parar. Ya les vale. En fin, nos tomamos una sopita (yo) y un té (Ester) en la terraza de un café que había junto al centro de interpretación, que está a quince o veinte minutos del castro propiamente dicho y al lado de donde nos habían dejado y luego nos recogieron.

Luego seguimos recorriendo la isla durante hora y pico, con algunas paradas breves en sitios interesantes, incluida una colonia de focas. Y ya nos dejaron en el pueblo al que llega el ferry, donde miramos una tienda de jerséis (son tradicionales las prendas de lana de las islas, pero también bastante caras), echamos una cerveza en el pub viendo fútbol gaélico por la tele y fuimos al muelle a coger el ferry. Que esta vez llegó con unos veinte minutos de retraso. No se estresan mucho, oye.

Eso sí, el viaje de vuelta lo hicimos cobardemente sentados en el interior del ferry, que el sol solo había durado un ratito y no teníamos ganas de pasar más frío.

En conjunto, creo que la visita a las islas no vale la pena. Está bien, Dún Aonghasa es interesante, pero no vale perder un día y pagar el ferry, el minibús y la entrada (unos 50 € por persona, en total).

Teníamos intención de coger otro barco en Doolin que nos llevara a los acantilados de Moher, pero llegamos tarde. Así que fuimos en coche a verlos desde arriba en lugar de desde abajo. Con poco tiempo, porque teníamos unas horas de viaje después. Y fue un fallo importante. Los acantilados son impresionantes. Algo más de 200 metros de altura con unas vistas tremendas. Ahí sí que vale la pena pasar varias horas, pero nosotros no las teníamos. Sin duda, hicimos una elección errónea.

Creo que en el primer promontorio hay personas; Imaginad la altura para que casi no se vean

En fin, nos marchamos de los acantilados con ganas de volver. Y pusimos rumbo a Dunlavin, un pueblecito del condado de Wicklow donde habíamos cogido una habitación. Por el camino paramos a comer en un pub rural, sin éxito: cerraban la cocina a las 19:30 y ya eran las 19:34. Joder con los horarios. Así que decidimos no volver a parar hasta la primera población grande que encontráramos en el camino, que resultó ser Ennis. Una población grande para lo que es Irlanda, entendámonos. Pero sí, había restaurantes abiertos y en uno de ellos cenamos. The Rowan Tree, un sitio un tanto escondido pero con buena pinta. A mí me pusieron una sopa y un mero estupendos, pero la pobre Ester tuvo menos suerte con su plato de pasta (por suerte, también se había pedido la sopa). Aunque, en honor del restaurante, hay que decir que no nos lo quisieron cobrar, en vista de que se lo había dejado casi entero. Qué pena, con lo bien que cené yo.

Y ya no volvimos a parar hasta nuestro destino porque ya se nos había hecho muy tarde. Ni siquiera en un pueblo que se anunciaba en la carretera como "el pueblo de los antepasados de Barack Obama". Me pregunto cuánta gente irá al cabo del año atraída por semejante reclamo.

En fin, llegamos a nuestro destino casi a medianoche, pese a lo cual nuestro nuevo anfitrión puso muy buena cara cuando llegamos. Nadie diría que lo habíamos sacado de la cama. Y a dormir todos, que había sido otro día muy largo.

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